Ese yo que quisiera ser y puedo parecer

Por: Catherine García Bazó

Fue sólo hace unos meses cuando me sorprendí frente a esta nueva forma de existencia.  Y es que más que un simple pasatiempo, nuestro paso por el Facebook o Twitter, en algunos casos, se ha llegado a convertir en una vida paralela que transcurre en un espacio en el que, escindidos de nuestro Yo real, podemos parecer casi lo que queramos y además difundirlo en tiempo real a miles de personas.

Por medio de la conjunción de varios discursos (imágenes, textos, videos, etc.) y gracias a nuestra diosa tecnología, tenemos la oportunidad, no sólo de construir nuestra propia imagen a capricho, sino de exhibirla al mundo entero. Se trata de la elaboración de un mensaje cuyo contenido es el Yo que quiero parecer. Nuestra existencia diseñada por un bisturí virtual.

Mis amigos, la música que me gusta, las películas, los artistas, los libros, los viajes y las actividades cotidianas; se convierten en herramientas para alimentar la imagen que deseamos que los demás tengan acerca de nosotros.  En FB y Twitter fabricamos arquetipos a través de fragmentos seleccionados que construyen un sentido: el Yo ideal, ese que quisiera ser y ahora puedo “parecer”: el galán, la irresistible, la intelectual, el seductor, el enigmático, la artista, la desvalida; etc.

Más que una herramienta para comunicarnos, es la mejor forma de publicitar una imagen idealizada de nosotros mismos. Si no qué importancia podría tener, en FB por ejemplo, información del tipo: “Santiago es fan de Mario Benedetti”, “Alejandra asistirá al evento de las franelas mojadas”, “Wilmer  se unió al grupo de los que lloran cuando escuchan trova” o “Isabel te invita a participar en el evento: Pasa una noche con Ricardo Arjona”. Qué utilidad puede tener esta información si no es la de sumar piezas que en conjunto conforman el rompecabezas de nuestra imagen pública. Eso que parece inútil, cumple una función y no es otra que la de ayudar a que “el target”: los seguidores, se hagan una representación nuestra a través de las fotos que seleccionamos, las cosas que decimos que nos gustan, esas que quiero que el mundo sepa que me gustan y no precisamente las que me gustan y haría cualquier cosa por ocultarlas porque sepultarían mi imagen pública.

Y la lógica es: ¿Por qué una mentira pequeña si aquí podemos mentir en grande? ¡si nadie nos ve! ¿Por qué inventar una belleza modesta o criollita si con ella no se puede ostentar? Es cuando esa mentira termina siendo proporcional al tamaño de los propios prejuicios y a la vergüenza étnica. TLs en los que ningún twitt comprueba la existencia de parientes, amigos, compañeros de clase o de trabajo; donde no hay fotos cotidianas tomadas de forma espontánea de ese preciso día; perfiles en los que los avatares parecen fotos robadas a la prima del vecino. El sueño realizado.

En estos días, cuando apenas nos queda tiempo para vernos al espejo antes de salir en la mañana, cuando nuestras posibilidades de interacción social se limitan a las pocas horas de las que disponemos cada día, al encender la computadora cuando llegamos a casa o en las horas “robadas” al trabajo diario a través del aparatico multimediático; resulta muy atractivo tener la posibilidad de reinventarnos alter egos falaces; pero también, y es la mejor parte, reunirnos en esa plaza virtual y conversar con gente interesante, afín; dar la batalla diaria y asumir ese compromiso de vida que nos hace sentir útiles; acudir a esa tertulia permanente y participar en un debate histórico en el que por fin podemos dejar nuestro testimonio. A fin de cuentas, lo mejor de todo, es que ya no estamos solos.

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Aquel año rabioso

Por: Catherine García Bazó

Aquel mayo de 1968, cuando un grupo de estudiantes de la más alta formación intelectual y filosófica de la Facultad de Humanidades de Nanterre (Francia) liderados por Daniel Cohn-Bendit tomaron las oficinas administrativas de la universidad, se produjo el estallido social del Mayo Francés, un movimiento que aun hoy día tiene resonancia entre los estudiantes del mundo entero y que, sin duda, generó una renovación en el pensamiento moral e intelectual de éstos. Sus objetivos eran principalmente la reforma universitaria, las reivindicaciones en el sector laboral y el aniquilamiento del conservadurismo de las instituciones francesas en general. Los discursos de los estudiantes de Nanterre alentaron los ánimos de jóvenes de todas las universidades de París. Las consignas en las paredes de los edificios, en las calles, constituyeron una de las mejores armas empuñadas por los estudiantes en su lucha contra el poder establecido.

Mai 68 creó un precedente y le abrió el camino a nuevas transformaciones sociales, imperceptibles en ese momento, pero vitales para el devenir de la historia, por eso sus frutos son evidentes y su magia todavía nos impulsa.

Si existe un movimiento social que haya cambiado la historia universitaria en el siglo XX fue el Mayo Francés, pues en algún momento de nuestras vidas a todos nos ha imbuido el espíritu revolucionario, transgresor y festivo de mayo, ese que nos despierta la infinita capacidad de soñar. Todas las movilizaciones de masas que hoy en día se manifiestan en los espacios urbanos, desde grupos feministas, ecologistas, homosexuales, son, en cierto modo, herederos del Mayo Francés, porque éste fue, más que una idea, un conjunto de sueños compartidos.

Para los protagonistas de esta historia todas las utopías eran posibles, pues el futuro por fin les pertenecía. La libertad era un valor esencial que sólo podía alcanzarse modernizando la sociedad, partiendo de una ideología igualitaria y progresista. Fue esto lo que hizo posible que los jóvenes estudiantes, junto con obreros de las industrias, se unieran en una protesta sin precedentes, inspirados por las palabras existencialistas y de compromiso del filósofo Jean Paul Sartre y haciendo realidad la idea del poeta Lautremont de que la poesía debe ser hecha por todos.

Los mecanismos de comunicación ofertados por el sistema estaban únicamente al servicio de la ideología oficial y eran los pilares del sistema de dominio. Para legitimar su presencia en la vida social los universitarios de mayo buscaron un novedoso espacio de comunicación, un modo de expresión alternativo: hicieron que las paredes hablaran. Se trataba de una estrategia de protesta totalmente novedosa, lúdica, una explosión de creatividad y de subjetividad, alimentada por las utopías de los jóvenes que estaban hartos de las injusticias sociales, de que las instituciones del poder sólo sirvieran a los intereses de las élites.

Pero, ¿qué decían las paredes de París en el Mai 68?:

 -Seamos realistas, pidamos lo imposible.

-Las paredes tienen orejas, vuestras orejas tienen paredes.

-Consuma más, vivirá menos.

-¿Y si quemamos la Sorbona?

-La insolencia es la nueva arma revolucionaria.

-Eyacula tus deseos.

-Me cago en la sociedad, pero ella me lo retribuye ampliamente.

-Olviden todo lo aprendido y comiencen a soñar.

-Debajo de los adoquines está la playa.

Los graffitis en las paredes de París no sólo eran una manifestación política e ideológica, sino también artística, y a la manera de un manifiesto surrealista pasaron a decorar las calles de la ciudad. Aunque sus raíces son antiguas, es a partir de mayo del 1968 cuando esta forma de comunicación comienza a ser usada masivamente por los grupos sociales o por las individualidades para fijar posición o expresar sus inconformidades, pasando a ser, además de una forma de arte, un fenómeno sociológico.

Sin embargo el sueño no duraría mucho tiempo. En palabras de Tomás Eloy Martínez: Las ilusiones de felicidad colectiva tuvieron una expresión final en julio de 1969, cuando los astronautas de la misión Apolo 11 pusieron el pie en la Luna y convirtieron en verdad histórica lo que había sido un mito imposible de la especie humana. Tal vez en ese momento empezó el tercer milenio.[…] Cortázar murió en 1984, con todas las utopías intactas. Sus célebres últimas palabras, “Denme un calmante”, parecen un resumen de los años de revuelta, cuando cada ser humano creía llevar en sí la sed y el dolor de toda la especie.

Es hora de que el espíritu universitario recobre la esencia del mayo francés, necesitamos despertar del letargo, y desde la creatividad comenzar a cambiar el destino del mundo que habitamos. ¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!

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Crónicas de la amargura

Por: Catherine García Bazó

Ese día el caos desbordaba la ciudad, como todos los días de lluvia. La cita era impostergable, debía solicitar las divisas para el próximo viaje. Esquivando carros, motorizados y saltando charcos al fin pude encontrar un taxi. Era un señor amable, que a pesar de la lluvia y el tráfico aceptó llevarme a mi destino. En el trayecto venía haciendo comentarios acerca de las canciones que sonaban en la radio. Aquella música le provocaba sonrisas que delataban el recuerdo de viejos amores.

De repente decidió cambiar el dial y comenzó a escucharse una estridente noticia acerca de un conflicto carcelario. A medida que el locutor ofrecía detalles de lo acontecido, el sonriente conductor comenzó a fruncir el seño. De pronto­, como poseído por la mala vibra de aquella historia terrorífica, sentenció indignado: “¡Y después dicen que esto no es una dictadura!”. Yo me limité a cerrar los ojos, respirar profundo y decirme a mí misma que eso no era conmigo. Ante mi elocuente silencio sus sentencias fueron cada vez más destempladas. Mi serenidad lo exasperaba, se sentía defraudado ante mi absoluto desinterés por engancharme en una polémica sólo inspirada por el odio. Por fin llegué a mi destino después del infeliz comienzo de ese lluvioso día.

Por suerte no había tanta gente en el banco y mi espera no fue muy larga. A mi alrededor una polifonía de voces me deleitaba. Yo contemplaba el entorno como una espectadora, con esta manía que tengo de ver la vida como si estuviera en el cine, imaginándome los motivos de los viajantes. Allí estaban, la abuela que viajaría a visitar a sus nietos; el joven que se iría a Alemania a poner a prueba su amor 2.0; el que haría un postgrado gracias a la beca Gran Mariscal de Ayacucho; el empresario importador de tecnología; la deprimida aspirante a exiliada… Por fin llegó mi número.

La encargada de atenderme se mostró amable y gentil. Su actitud era la de alguien a quien le complace atender al selecto público viajero. Mientras chequeaba los documentos de mi carpeta, que para no equivocarme preparé con el mayor esmero, ella iba asintiendo con la cabeza… Pero de repente todo cambió. Lo que en principio fue un gesto de sorpresa de inmediato se transformó en una mueca de indisimulable desagrado, justo en el momento en que leyó el destino de mi pasaje: “La Habana”.

Su amabilidad inicial degeneró en repulsión. De pronto le pareció que mi firma no coincidía con la registrada en el banco y me informó que por tal motivo no podía aceptar esa solicitud. Ante mi determinación de hablar con el gerente para demostrar que se trataba de la misma firma, terminó diciéndome con rabia que por esta vez lo dejaría pasar y aceptó firmar y sellar mi solicitud. Al terminar lanzó mi carpeta hasta un rincón detrás de su asiento al tiempo que decía sin mirarme: “se puede retirar”.

Regresé a aquel viejo edificio donde trabajo, en el que alguna vez funcionó la Creole Pretroleum Corporation y hoy es universidad del pueblo. Me encontré con mis estudiantes pluriculturales y multiétnicos; con sus sonrisas y con sus preocupaciones tan humanas. Me reuní con mis compañeros de trabajo para planificar el trabajo pendiente, las próximas visitas a las comunidades, los trabajos audiovisuales sobre la memoria urbana, los cuentos familiares, los planes para asistir a los conciertos de esa semana en la ciudad, los amores. En aquel lugar continuaba la vida y la alegría. Sin amarguras escuálidas ni desesperanza inducida.

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La generación durmiente

Por: Catherine García Bazó

Cartel. Mayo Francés, 1968. Ella venía de aquella generación alimentada con nenerina y compota que  presumía de habitar un país rico. Fue una de las generaciones que a temprana edad aprendió a pintar y admirar las embarcaciones que abrieron el camino de la colonización. De sus libros de primaria recuerda la reseña de los presidentes y los partidos de la “democracia” que se presentaban como panacea de los males del siglo.

 Sus abuelos campesinos sembraban y cosechaban café, conocían el uso de las plantas medicinales, criaban animales y sabían de memoria la historia de sus antepasados. Sin embargo, creían de sí mismos que eran incultos porque no habían ido a la escuela y apenas aprendieron a leer y escribir. Ser hija de un comunista era un estigma en una sociedad cuyos mitos antropofágicos nutrían la imaginación conservadora. Eran tiempos de cultura elitesca y “bellas artes”, monopolizada por una clase que se sentía históricamente destinada a dirigir la sociedad.

En el pueblo, el culto a la figuras de la farándula y al adequismo eran parte del folklore nacional. No había nada que enardeciera más el fervor popular que una reina de belleza, un artista de televisión o un político pico de oro en campaña electoral. No obstante, éramos un país que anhelaba la llegada de su protagonismo en la historia de los pueblos del mundo.

La televisión construía el mundo que habitábamos todos. Los noticieros eran la realidad atomizada. Nos hacían sentir que estábamos viviendo un acontecer donde los buenos eran los héroes de las películas que cada fin de semana veíamos en la pantalla. Personajes fantásticos que en nada se parecían a nosotros, que no habían nacido en nuestra tierra ni eran hijos de madres como las nuestras. Monumental ironía que esto sucediera en la tierra que dio al mundo libertadores que entregaron su vida a la lucha por la emancipación de los pueblos del mundo.

Por entonces nadie denunció la “ideologización” de los niños en la escuela. Nunca vi madres, ni siquiera la mía, preocupadas porque los personajes ilustres que reseñaban en las clases de Historia de Venezuela, eran los mismos adecos que por medio de prácticas atroces perseguían y desaparecían a quienes emprendieron con valentía una lucha histórica.

Fuimos una generación amamantada y criada por una niñera electrónica y colonizadora que nos llenaba de prejuicios y vergüenza étnica; que nos construía cada día una realidad ajena a nuestros intereses, que nos hizo egoístas e individualistas. En resumen, antisociales. Nadie advertía las necesidades de los “otros” que nunca fuimos nosotros. Una feroz competencia que comenzaba en la escuela y continuaba en el bachillerato, la universidad y posteriormente en el mundo laboral, regía las relaciones entre los seres humanos y determinaba nuestras vidas como si eso fuera natural.

Mientras muchos de nosotros aún dormíamos este sueño inducido, él ya había comenzado su lucha. Cuando vimos su cara por primera vez, ya había arriesgado todo por cambiar nuestro destino y el de nuestros hijos, incluso los que todavía no habían nacido. Era uno más de nosotros, que asumía ante el país la responsabilidad histórica de su proeza. Suficiente aliento para un pueblo que esperaba el momento de retomar la conducción de su destino.

Nunca más estuvimos solos. Aquel hombre se hizo camino, calle, cerro, montaña, sabana, ciudad palpitante, se hizo Patria. Su ejemplo mueve la fibra de cada venezolano conciente que decide luchar con la valentía de saberse heredero de sus libertadores. Para siempre, Chávez se hizo pueblo.

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Cero chavismo en Twitter

Por: Catherine García Bazó

El 11 de abril del 2002 la línea política comunicacional recibida y ejecutada por los golpistas fue clara: “CERO CHAVISMO EN PANTALLA”. Cuando los canales privados dividieron la pantalla durante la cadena presidencial se colocaron al margen de la ley y abiertamente se sumaron al golpe. Tratándose de una operación bien planificada a sabiendas de que les tumbarían la señal, de inmediato la restituyeron por satélite y unas horas más tarde tenían el control de todo el espectro radioeléctrico.

Para ese momento, Enrique Mendoza ya había hecho su “celebre” declaración: “Esa Basura que se llama el canal 8 vamos a sacarla fuera del aire, va fuera del aire“. Ya sin rival, con el terreno mediático completamente despejado, se dedicaron a narrar la historia de un golpe en desarrollo. Historia macabra en la que unos “pistoleros” le disparaban a la “sociedad civil”, los francotiradores pertenecían a los Círculos Bolivarianos y Chávez era el responsable de todas las muertes.

Cómo estaríamos de incomunicados y desorientados que la emisora religiosa Fe y Alegría era la única que desentonaba con el coro golpista y el Fiscal General Isaías Rodríguez tuvo que engañar a los medios para poder anunciarle al país que Chávez seguía siendo el Presidente  y que no había renunciado. Entre tanto, los demás canales pasaban comiquitas. Esto pasó a la historia como el Blackout informativo de los medios en Venezuela.

Todavía recuerdo la ansiedad con que el 12 de abril veíamos televisión tratando de saber algo más de lo que “realmente” estaba pasando. A cambio, nunca olvidaré la imagen de Erika dela Vega, en que la “fresca” animadora de un programa de concursos de RCTV aparecía muy sonriente mirando fijo a la cámara y diciéndole al país chavista, que moría de incertidumbre por conocer el destino de su líder cautivo: “No llores más por ese señor. A ese lo que le sale es muerte súbita”. Y mientras decía estas últimas dos palabras se pasaba el dedo índice por el cuello en gesto de muerte. Nunca antes vi tan de cerca la cara del fascismo.

Por entonces no existía Twitter y el máximo poder mediático lo detentaba la radio y televisión. Se supone que de haber tenido una herramienta de comunicación masiva e “independiente”, la historia del golpe del 11 abril habría sido distinta. En vez de “gobernar” 47 horas probablemente no habrían llegado a 24. ¿Se imaginan el tremendo poder que en circunstancias extremas significan miles de ciudadanos en red, con un medio de comunicación de bajo costo y al alcance de un teléfono móvil?

Tal vez no debamos ilusionarnos tanto. Conocemos el alcance del Twitter en tiempos de “calma” y lo bueno que sería en tiempos de guerra. Pero, he aquí la mala noticia, todas las redes sociales, especialmente Twitter, son vulnerables. En última instancia no resulta difícil para el Imperio intervenir o bloquear las comunicaciones de cualquier país y con ello provocar nuevos “Blackouts” informativos en el momento en que más les convenga. En los países de la llamada Primavera Árabe esto quedó ampliamente demostrado. A la hora de la chiquita el Imperio mediático no va a compartir su poder tan fácilmente  con millones de ciudadanos.

He aquí el peligro de las redes sociales y especialmente el Twitter por el que podemos llegar a desarrollar una fuerte adicción: Que ante un repentino Blackout de redes sociales  nos deje todavía más desmovilizados y con síndrome de abstinencia. Todavía sigue siendo una poderosa herramienta para el debate político en 140 caracteres y, sobre todo, para dejar en evidencia el fascismo manifiesto de gente como @PadreJosePalmar, @SiciliaStandup, @laBichaOficial, @Proctologo, entre otros. Pero debemos estar claros que en un nuevo escenario abiertamente insurreccional y golpista posiblemente no dispondremos de esta herramienta o repentinamente podrían ser suspendidas o hackeadas nuestras cuentas. Y eso  es parte de esta guerra que como dice Manuel Bazó “…es algo que ocurre mientras estamos sentados frente al televisor” y cuyo objetivo a conquistar es  “la conciencia de los consumidores de información” (http://www.aporrea.org/oposicion/a137178.html)

Sin embargo, mientras no estén dadas las condiciones para una censura tan abierta que afecte a millones de personas, ensayan otras objetivos que parecen apuntar a una nueva línea que podríamos definir “Cero chavismo en Twitter”.

Evidentemente controlar una comunidad con millones de participantes no resulta sencillo, y en el caso de que Twitter llegara a encontrarse totalmente subordinado a los poderes imperiales, suspender a los 2.600.000 seguidores de @Chavezcandanga tendría un costo político muy elevado. Por ahora están ensayando un plan más efectivo y simple: Ataque selectivo a cuentas de alto contenido militante con más de 2.500 seguidores. El modus operandi se conoce como “Operación BAS” aunque no está del todo claro. Parte del supuesto que si muchos usuarios denuncian una cuenta como Spam al mismo tiempo, esta será suspendida en pocos minutos. Sin embargo, hay razones para sospechar que la masiva red social pueda ser cómplice y haberse prestado deliberadamente a estas suspensiones.

El sábado 25 de febrero alrededor de las 9 pm. Twitter nos suspendió la cuenta a un grupo de activistas abiertamente identificados con nuestro Presidente. Mi cuenta suspendida @Cathebaz tenía 2.785 seguidores. Aclaro que no soy  hacker y que nunca violé ninguna de las reglas del Twitter; pero sí me dediqué, sistemáticamente, a responderle y desenmascarar a quienes abiertamente le desean la muerte a mi Presidente y sin embargo todavía no han sido suspendidos por eso.

La buena noticia es que, al menos en mi caso, el tiro les salió por la culata. En dos horas, a través de mi nueva cuenta @Catherinebaz, ya había recuperado más de 500 seguidores, la solidaridad chavista por 1era. vez me convirtió en tendencia del Twitter en Venezuela y la respuesta recibida hasta la madrugada fue tan contundente que llevamos al primer lugar la etiqueta #SuspéndemeTwitter como medida de protesta contra esta arbitrariedad.

Después de esta respuesta en bloque, los perros de la guerra mediática y sus jefes por lo menos saben que no la tienen tan fácil. Y que si se meten con uno se meten con todos. Mientras se pueda, seguiremos tuiteando, para responderles, desenmascararlos y, si esto fuera posible, exorcizar su odio…  Pero la verdadera batalla, la gloriosa, la contundente, la que no es virtual, será el 7 de Octubre y será en la calle. Esa noche nos vemos en el balcón del Pueblo para celebrar porque ¡Viviremos Y Venceremos!

¡Que Viva Chávez Carajo!

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El Festín de Fernando

Siempre me he preguntado si otros pueblos gozan de un repertorio de canciones navideñas de tradición tan estable y duradera. Es inimaginable una Navidad venezolana sin los ya clásicos Sin rencor, Faltan cinco pa’ las doce, La grey zuliana y los infaltables de la Billo’s.

Fue precisamente una de estas últimas tardes cuando, sentada en una camionetica de transporte público, escuché en la radio una melodía que me pareció muy familiar, y ante las opciones que tenía de escuchar el ruido de la calle o al joven que pedía “veinte bolos que no empobrecen ni enriquecen a naiden”, me decidí a prestarle atención a aquella canción que había escuchado todas las navidades de mi vida, que no es otra sino la célebre La casa de Fernando de la Billo’s. Viajando en la camionetica, imaginaba entonces a los borrachines amigos de Fernando un domingo cualquiera de aquellos “pletóricos” años setenta:

Domingo al atardecer vamos a casa de Fernando como no hay nada que hacer seguro nos está esperando. Lo mismo que pienso yo una docena está pensando como no hay nada que hacer vamos a casa de Fernando.

Y Fernando, risueño y espléndido recibe a sus amigos al tiempo que le dice a su esposa:

y prepare más comida que la gente está llegando

Así, la infortunada mujer trata de calmar a los muchachitos que no paran de llorar, mientras calienta hallacas, destapa cervezas y sirve pasapalos. Sentados en una mesa rebosante de tequeños y bolitas de carne, seguramente Fernando y sus “alegres” amigos hablan de la última campaña electoral, de la “Democracia con energía”, del carro último modelo, de la “oportuna Guerra del Yom Kippur que nos está llenando los bolsillos”, de las vainas de Nixon, del buen gusto de Diego Arria, de los petrodólares y de las maravillas de ofertas para viajar a Estados Unidos y a Europa.

Sírvame otro palo’e ron que ahora sí estamos gozando. En la casa de Fernando nos estamos amañando…

El festín no se acaba hasta que no quede nada que pueda ser consumido; hasta que la última cerveza, el último tequeño y el último trago de ron hayan sido servidos, pues ya sabemos que los amigos de Fernando sufren de una especie de furor consumista. Son langostas insaciables.

Fernando se va a arruinar Fernando se va a arruinar

Era esa “La Gran Venezuela”, la Venezuela de la abundancia, en la que mientras los ingresos petroleros crecían, Fernando y sus amigos hipotecaban al país y derrochaban el dinero en su eterna borrachera colectiva. En la Venezuela de hoy los amigos de Fernando sueñan, o más bien amenazan, con un “inminente regreso”. Los vemos a diario en los medios, opinando como expertos, siendo tratados todavía de “embajador”, “ministro” y hasta “presidente”. Sí, son los mismos de siempre. Los culpables del desastre que llevó a Venezuela a la ruina. Para no correr el riesgo de olvidar, cada Navidad escucharemos la guapachosa cancioncita de aquellos años setenta, aquel tiempo en que Fernando y sus amigos estaban en el clímax de su borrachera y pensaban que el derroche era para siempre.

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Presidentes valientes para imperios insolentes

El fin de los caudillos:

El 23 de octubre de 1899 entra a Caracas al frente de la Revolución Restauradora, que había atravesado el país desde la frontera colombiana; el General Cipriano Castro. A la llegada de Castro al poder, Venezuela era un territorio devastado y arruinado por las guerras. Reinaban la inestabilidad política y militar. No existía entre los habitantes del país un sentimiento de unidad nacional, por el contrario, estaba fragmentado en pequeñas porciones de territorio gobernadas por caudillos con criterio de hacendados.

Venezuela era una nación empobrecida que había sido arrasada, primero por las guerras independentistas, luego por los cinco años de la Guerra  Federal; además de las mortales epidemias y el deterioro de la agricultura.

Castro instauró, por primera vez, un poder centralizado, por medio de un mecanismo de
alianzas y acuerdos estratégicos con los caudillos liberales de larga trayectoria que antes lo adversaban. Confió a los andinos que lo acompañaron en la Restauradora el control de los sitios claves del territorio, mientras que a los viejos caudillos, cuyo poder se fundamentaba en la capacidad de movilización de su propio ejército de campesinos, los trasladó a lugares donde no tenían ningún dominio, con el fin de neutralizarlos, disminuyendo su capacidad política por medio del desarraigo. Esto significó en fin del tradicional reparto de poder, en el que cada caudillo estaba acostumbrado a negociar con los gobernantes de turno la paz de sus regiones a cambio del reconocimiento de la soberanía de sus territorios.

Castro elevó la fuerza militar a treinta batallones, los dotó de armas más sofisticadas y así logró conformar una fuerza militar unificada. Estas acciones, junto con algunas reformas a la  Constitución, garantizaron el poder político y consolidaron el poder militar.

Pero los primeros años del Gobierno Restaurador no fueron fáciles, a la difícil
situación económica producto de tantas guerras, se unieron otros factores desestabilizadores. Durante el primer año Castro tuvo que enfrentar un conflicto con los banqueros capitalinos, los cuales se negaron a otorgar un crédito que el Gobierno solicitaba con urgencia. Ante la negativa de los banqueros, Castro ordenó hacerlos presos, amenazando con “caerle a mandarriazos” a las bóvedas. Los caraqueños vieron marchar camino a La Rotunda a los prominentes personajes, encabezados por Manuel Antonio Matos.

Luego del infortunado incidente, el gobierno de Castro tuvo que enfrentar los alzamientos de distintos caudillos regionales. Sin embargo pudo obtener el control del territorio pues el grupo encabezado por Juan Vicente Gómez, Juan Alberto Ramírez y Celestino Castro, entre otros, actuaba de manera coordinada bajo un solo mando, a diferencia de los caudillos alzados que estaban dispersos y representaban a varios liderazgos.

La Planta insolente del extranjero:

El sueño de Castro era promover una alianza liberal latinoamericana, con el fin de
restaurar la Gran Colombia. Por esta razón apoyaba la Revolución Liberal en la vecina Colombia, enfrentando su régimen conservador; proyecto que Estados Unidos, Inglaterra y Francia impedirían por todos los medios. Con esta pretensión se ganó la enemistad de estas potencias desde su llegada al poder.

De modo que la empresa estadounidense New York & Bermúdez Company, junto con
la Compañía de Cable Francés, la Orinoco Shipping y la Compañía Alemana de Ferrocarril; ofrecen su apoyo logístico y monetario al alzamiento del banquero Manuel Antonio Matos, quien encabezaría la que sería llamada por ellos mismos “Revolución Libertadora”. Las empresas extranjeras aportaron US $100.000 para la compra de un buque y armamento. Después de dos años de enfrentamientos las tropas del gobierno, lideradas por Juan Vicente Gómez, logran vencer a los alzados. Pero la paz no llegaría, ya que al tiempo que se disolvían los alzamientos internos, comenzaron las reclamaciones de Inglaterra y Alemania para la inmediata cancelación de los compromisos financieros que la nación
tenía con ellos. Era imposible atender a estos reclamos después de la devastación de un siglo de guerras y abandono de la agricultura.

El empréstito negociado en 1896 con el Disconto Gessellschaft de Berlín, poderosa
organización financiera, y las casas exportadoras que durante más de cincuenta
años venían controlando el comercio del cacao y el café venezolanos,
encabezaban la lista de acreedores.

Aunque la Constitución  Nacional en su artículo 149 establecía que las dudas surgidas
sobre la ejecución de todo contrato de interés público, serían decididas por los tribunales venezolanos -sin que esos contratos pudieran ser motivo de reclamaciones- en los acuerdos que se hicieron con banqueros alemanes, por exigencia de éstos, se omitió esta cláusula.

Una internacional financiera desplegó su poder contra el gobierno de Castro, quien
se negaba a reconocer -sin discutirlo- el monto de las reclamaciones. Así se desató una campaña en la prensa mundial para justificar un bloqueo a Venezuela.

El 9 de diciembre de 1902 las escuadras de Inglaterra y Alemania ocuparon el puerto de La Guaira y establecieron un bloqueo a las costas venezolanas; a los pocos días Italia, Francia, Holanda, Bélgica y España se les unieron. El 13 bombardearon Puerto Cabello e intentaron hacer lo mismo ocupando el puerto del Lago de Maracaibo, pero no tuvieron éxito.

El mismo día que se inicia el bloqueo Castro lanza una proclama exaltando la conciencia nacional, la cual comenzaba con estas palabras: “La planta insolente del extranjero ha profanado el sagrado suelo de la patria…” En todo el país se producen manifestaciones de apoyo al “Restaurador” mientras se repartían volantes con la célebre proclama. Esta afrenta a la soberanía produjo un fervor patriótico en los venezolanos. Incluso los viejos generales que adversaban a Castro se acercaron a Miraflores para darle su apoyo en pro de la defensa de la patria.

El movimiento popular de apoyo a Venezuela se hizo sentir en toda Latinoamérica;
pero sólo un gobierno se manifestó abiertamente en apoyo a Castro, el de Argentina, por intermedio de su canciller Luis María Drago quien dirigió una nota al gobierno de los Estados Unidos en la que expresaba el peligro que significaba para las naciones  hispanoamericanas la intervención directa de potencias extrajeras como exigencia  del
pago de deudas contraídas por contratos civiles y no por tratados internacionales. Este documento se constituyó en norma de Derecho Internacional americano adoptando el nombre de “Doctrina Drago”.

El conflicto cesó en febrero de 1903 cuando Estados Unidos, invocando la vieja consigna “América para los americanos” es aceptado como árbitro en esta contienda. Con la firma de los Protocolos de Washington, donde quedaron establecidos los acuerdos recíprocos, Venezuela se comprometía a pagar progresivamente la deuda con el 30%  de sus ingresos de aduana.

Pero el fin del bloqueo no significó el fin de los conflictos en la política exterior. En 1904 Castro decide demandar a la New York and Bermudez Company por violación a la  soberanía y por financiar el alzamiento liderado por Matos.

En 1884 el gobierno de Guzmán Blanco había otorgado al norteamericano Horacio  Hamilton una concesión para explotar los recursos naturales del estado Bermúdez (hoy Nueva Esparta, Anzoátegui, Sucre y Monagas). Este acuerdo convertía a Hamilton en dueño absoluto de los bienes de esa región, incluyendo los ricos yacimientos
petroleros. El contratista pagaba al Estado venezolano dos bolívares por cada 999 kilogramos y medio de asfalto que se llevaba y cinco céntimos de bolívar por cada uno de los demás productos; excepto la madera, por la que no pagaban nada.
Paradójicamente, para este momento el asfalto se consolidaba como el sistema de pavimentación usado en las más importantes ciudades del mundo. En 1885 Hamilton
había traspasado su contrato a la empresa asfaltera New York & Bermúdez Company. La demanda de Castro se extendió a la Compañía de Cable Francés y la Orinoco Shipping Company.

A partir de estos acontecimientos la prensa internacional desató todo su poderío depredador contra Venezuela. En los principales diarios de Alemania, Inglaterra y Estados Unidos fueron publicadas miles de caricaturas en las que se representaba a Castro con burla y desprecio; tratado de “mono tropical” y “salvaje”. Esta campaña de desprestigio
se mantuvo incluso hasta mucho después de su salida del poder en 1908.

Castro, “caudillo de mente encendida” como lo llamaría Domingo Alberto Rangel, gobernó en medio de una constante inestabilidad política, de reclamaciones y alzamientos internos, que impedían por completo una salida a la crisis económica.

Castro unificó un país que estaba fragmentado; pero será sobre todo recordado porque actuó valientemente evocando los más altos valores de nuestro pueblo, la dignidad y el coraje en defensa de nuestra soberanía; como digno heredero de Bolívar.

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