La multisápida lengua: un recorrido por los dialectos urbanos

Por: Catherine García

A Felipe le están soplando el bistec, murmura un joven en los pasillos de su universidad, al mismo tiempo que dos de sus profesores se alejan espantados con una expresión de extrañeza sentenciando:

¡Perro, estos chamos van a ser unos piratas si no aprenden a hablar!

Sí  vale, lo que estos carajos hacen con la lengua es criminal

Tarea difícil, es cierto, ser capaces de ver en nosotros mismos la enorme cantidad de marcas dialectales que hemos incorporado a lo largo de nuestra vida a nuestra forma particular de hablar, esas que nos definen o nos “delatan” –a todos sin excepción– como individuos con una experiencia de vida propia, pertenecientes a un espacio físico, a una comunidad o a una generación.

En la época de nuestros abuelos los muchachos de pantalones cortos hacían mandados en la pulpería; los patiquines disfrutaban de un sarao y siempre preferían lo que estaba cátedra;se vestían de traje sport o de flux. Nuestros padres gastaban marrones que les pedían a sus pures; salían a echar un pie con sus llaves; echaban un camaroncito de vez en cuando y adoraban las cosas que estaban gruvi potente. Nosotros íbamos a fiestas de arroceros a tripear con los panas; tomábamos birras; no nos gustaba la gente caleta; a veces echábamos el carro y teníamos amigos burda de sapos.

El español, como todas las lenguas del mundo, está conformado por una enorme cantidad de variantes dialectales que  están en un proceso constante de renovación. La lengua es dinámica y al igual que el mundo, al cual refleja e interpreta, no deja de cambiar. El acontecer, el espacio y el tiempo, son elementos que inciden de manera directa en la forma de hablar de las personas.

Quizá ningún período de nuestra historia reciente haya tenido tanto impacto en la forma de hablar de los venezolanos como el que estamos viviendo. Además del vertiginoso acontecer de la política y la sociedad venezolana, el presidente Hugo Chávez, protagonista –quiérase o no– de este momento histórico, ha incorporado a la forma de hablar de los venezolanos una considerable cantidad de neologismos que han sido adoptados tanto por sus seguidores cuanto por sus más furibundos adversarios. Si viajáramos en el tiempo, sólo quince años atrás, y le dijéramos a cualquier venezolano: El escuálido de mi vecino estaba metido en la guarimba, no entendería lo que queremos decirle, sin embargo hoy en día ningún venezolano tendría problemas para entender estas expresiones.

Como vemos, el tiempo es uno de los factores externos a la lengua que más incide en las variaciones que en ésta se dan. Hay otros, como el espacio geográfico, el grupo socioeconómico, el sexo, el grupo étnico, el grado de instrucción, etc., que también ejercen su influencia en nuestra forma de hablar.

Las ciudades, por ejemplo, son construcciones idealizadas que combinan diferentes elementos que caracterizan la forma de hablar de quienes las habitan. Siguiendo a M. A. K. Halliday (1978), las ciudades son lugares de conversación que se conservan unidas por un lenguaje y éste a su vez reafirma la sociedad urbana.

Todos, aunque sea por televisión o radio, hemos escuchado andinos, zulianos,  orientales, valeranos, argentinos, peruanos, dominicanos, cubanos, chilenos; pero también a políticos, activistas, progresistas, académicos, ambientalistas, malandros, campesinos, poetas, jugadores de caballos, borrachos, artesanos, feministas  y paremos de contar. Existen, por lo tanto, dialectos geográficos, sociales, generacionales, etc. Son todas éstas, formas diferentes de hablar una misma lengua.

Pero esas formas dialectales no están detenidas en el tiempo,  por el contrario éste siempre las determina. Recordemos, por sólo poner un ejemplo, a los “sifrinos” de los años ochenta en Venezuela y sus expresiones que tanto se popularizaron, pero que los sifrinos de hoy en día han reemplazado por construcciones distintas. Los “malandros”, los “yupies”, los “bohemios”, los “woperós”, los “rasta”; han creado una jerga propia, que los caracteriza, pues en un proceso de selección, han incorporado a su forma de hablar palabras, frases, entonaciones o formas diferentes de construir las oraciones; es decir, elementos de cohesión que dan cuenta de sus gustos y de sus formas de vida. Estas comunidades lingüísticas surgen por la necesidad de identificación con un grupo; pero también para diferenciarse del resto.

No es extraño que algunas personas quieran ser identificadas como pertenecientes a algún grupo y adopten los rasgos de éste, porque los consideran “de prestigio”, a la vez que tratarán de alejarse de los rasgos que definen a otros grupos con los cuales no quieren ser identificados.

Es importante destacar que la variación no sólo se da de una comunidad lingüística a otra sino también en un mismo individuo, ya que la lengua es intrínsecamente variable, y esta variabilidad depende de los espacios o roles que cada individuo ocupe en determinada situación. Aunque la mayoría de las personas maneja un dialecto social de uso más frecuente, el cual utiliza en la mayoría de las situaciones de habla –quizás en las más espontáneas–, cada individuo maneja además otras variables y las alterna según sus necesidades comunicativas.

La lengua tiene una estructura jerárquica dentro de la cultura, es expresión simbólica de la estructura social y la valoración que se hace de cada variable tiene que ver con los prejuicios propios de cada clase; por esto los lingüistas insistimos en que ninguna forma particular de habla es más digna de respeto que otra. Las diferencias entre los dialectos no tienen que ver entonces con la lengua como sistema, sino con la lengua como institución, como un símbolo de la estructura social. La aprehensión que muchas personas sienten hacia algunos dialectos no viene dada solamente por la falta de comprensión que en muchos casos se manifiesta entre unas variantes y otras, sino más bien porque no se ajustan a lo que cada quien cree que “debe ser”, es decir, a la “norma” que nosotros mismos establecemos. Rechazamos a quienes no se nos parecen, porque se alejan de nuestra identidad cultural, es decir, de la manera en que hemos construido nuestra realidad social. De modo que esas apreciaciones están estrechamente vinculadas a nuestros prejuicios sociales, tanto como la manera de vestir o las demás pautas de comportamiento.

Cargamos a cuestas nuestra historia y ella se manifiesta en nuestro discurso, él dice quiénes somos, de dónde venimos y a qué generación pertenecemos. Tenemos pues, una identidad lingüística propia y única.

En toda sociedad, individuos que manejan distintas variantes dialectales intercambian significados a diario, nadie se comunica solamente con quienes integran su misma comunidad lingüística, por esta razón surgen conflictos de tipo simbólico que no son tan distintos a los que surgen por razones económicas o políticas.

El uso de variantes dialectales no puede verse entonces como una anomalía y, al contrario de lo que muchos piensan, las deficiencias en el plano educativo no son un problema de dialectos urbanos diferentes, sino más bien de la falta de herramientas que proporcionen a los estudiantes una utilización del lenguaje más eficiente, que permita un efectivo acceso al saber y la interacción con multiplicidad de textos. El reto es salvar del confinamiento en que se encuentran muchos jóvenes a la  mera utilización de una variante dialectal que sólo les permite interactuar con su entorno inmediato, pero que los mantiene incomunicados con el resto del mundo.

 

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Acerca de CatheBaz

Merideña y caraqueña. Lic. en Letras (ULA, 1999); Msc en Lingüística (ULA, 2005); Diplomada en Comunicación Social (Universidad de la Habana, 2008).
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Una respuesta a La multisápida lengua: un recorrido por los dialectos urbanos

  1. Roohallah Ahmadi dijo:

    Buenas tardes Profesora, muchas gracias por todo los que me envas, disfruto mucho y le agradezco mucho tambin, saludos…

    Date: Thu, 25 Oct 2012 16:47:26 +0000 To: rogelio1700@hotmail.com

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