Cuando decimos Patria

Por: Catherine García

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Corría el año 1784 cuando el coronel Miranda, acusado bajo los falsos cargos de contrabando y espionaje que le habían obligado a desertar del ejército español; recorría la recién fundada nación estadounidense. Estudiaba a la recién nacida República, visitando los campos donde se habían librado las principales batallas por la independencia en la que él mismo había intervenido tres años antes, obteniendo una destacada participación en la batalla de Pensacola. Es en este país donde Miranda esboza por primera vez un proyecto de liberación de la América Meridional y comienza a referir su determinación de emprender una revolución para lograrlo.

Escribiría el gran prócer, profeta de la Patria Grande, en su “Colombeia”: “Tendremos una Patria que aprecie y recompense nuestros servicios. !Una Patria! !Ah!, esta voz no será más una voz sin significado en nuestra lengua. Ella animará nuestros corazones de  aquel entusiasmo divino con que animó tantos pueblos célebres antiguos y modernos. Por ella el vivir es agradable y el morir glorioso”.

Es Miranda quien esboza por primera vez el ideal de una gran nación suramericana. Veintidós años después  de concebir aquel sueño y luego de una expedición que le llevó seis meses a bordo del Leander, el General Miranda comandando nuestro primer ejército libertador, llegó a la Vela de Coro y al pisar tierra firme arreó la bandera imperial e izó en el mismo lugar la primera bandera de su Patria Grande, un territorio que abarcaba el continente desde México hasta Argentina, al que llamó “Colombia”.

Al respecto diría Hugo Chávez doscientos años después: “En el buque Leander no nació el Mariscal Miranda, ya existía; no nació el revolucionario, ya lo era; pero sí nació el primer suramericano libre, el primer gran líder de la Revolución suramericana”.

El primer suramericano que, desafiando a un imperio declaró libre esta tierra, no solamente nos legó una bandera como símbolo de identidad, sino dejó marcada su estela libertadora en quienes después de él hasta nuestros días continuamos desafiando al imperialismo y construyendo su anhelada patria.

La bandera traída por Miranda es enarbolada por Simón Bolívar en todos los campos de batalla que lo llevaron a ser El Libertador de medio continente. Y con el mismo nombre de Colombia (la grande) logra consolidar parte del sueño mirandino. En carta dirigida a Henry Cullen en 1815, más conocida como “Carta de Jamaica”, refiere cómo estas tierras se encuentran sumidas en la indigencia por tiranos que oprimen “a tristes restos escapados de la muerte” donde “los hombres han perecido por no ser esclavos, y los que viven combaten con furor en los campos y en los pueblos…”.  Afirma el Libertador en la misiva “Yo deseo más que otro alguno, ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria”. Obra que sólo por medio de la unión sería posible; una unión que en la visión de Bolívar, al igual que en Miranda, abarcaba todo el continente Sur.

Del ideal mirandino de Patria Grande, Bolívar, enfrentando las oligarquías internas y el imperialismo externo, nos legó la Independencia de nuestras naciones. En el preludio a su obra “El general en su laberinto, García Márquez relata que Bolívar “había arrebatado al dominio español un imperio cinco veces más vasto que Europa, había dirigido veinte años de guerras para mantenerlo libre y unido, y lo había gobernado con pulso firme (…) pero a la hora de irse no se llevaba ni siquiera el consuelo de que se lo creyeran.”

En su última proclama del 10 de diciembre de 1830 diría el Libertador: “No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia. Todos debéis trabajar por el bien inestimable de la Unión: los pueblos obedeciendo al actual gobierno para libertarse de la anarquía; los ministros del santuario dirigiendo sus oraciones al cielo; y los militares empleando su espada en defender las garantías sociales (…) Mis últimos votos son por la felicidad de la patria…”

Aquel sueño que comenzó con Miranda y continuó con Bolívar, lo enarbola como bandera Hugo Chávez, y con él su pueblo, inspirado en la proeza de sus libertadores que nadie como él rescató del olvido de casi dos siglos. Chávez consolida una integración latinoamericana y caribeña fundamentada en la solidaridad y el respeto de la soberanía de nuestros pueblos. El legado integracionista de este gran Libertador del siglo XXI se materializa en alianzas como el Alba, Petrocaribe, la Celac y Unasur;  que son reconocidas hoy en el mundo entero como una alternativa en contra del neoliberalismo hegemónico y depredador.

Siguiendo el ideal bolivariano de Patria Grande, nuestros “estados desunidos del sur”, gracias a Chávez han comenzado a unirse de distintas maneras.

En 1999, comenzando su mandato Chávez prometió devolvernos la Patria. 14 años después se despide de su pueblo diciendo: “…hoy tenemos Patria, que nadie se equivoque. Hoy tenemos Pueblo, que nadie se equivoque. Hoy tenemos la Patria más viva que nunca, ardiendo en llama sagrada, en fuego sagrado.”

Cuando decimos Patria, evocamos la estela dibujada por Miranda, quien nos legó el sueño de la Patria Grande y con su actuación el 5 de julio de 1811 declaró la libertad de la Patria Chica. Cuando decimos Patria, evocamos a Bolívar, quien consolidó la libertad de la Patria Chica y junto a Sucre y San Martín la Independencia de la Patria Grande.

Finalmente, hoy, cuando decimos Patria, evocamos a Chávez, que siguiendo el camino de Miranda y de Bolívar, nos acercó mucho más el sueño de la Patria Grande y nos devolvió, para siempre, la Patria Chica.

Por eso decimos de manera consciente e inequívoca: ¡Hoy tenemos Patria!

 

 

 

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El arrogante lamento de Fabiola

Por: Catherine García

No conozco actitud más machista por parte de mis congéneres, que refugiarse en su marchacondición de mujer para ofender a un hombre, sabiendo que tratándose de un caballero éste no le responderá. Por eso me animé a escribir esta reflexión desde mi doble condición de mujer venezolana y revolucionaria, después de leer la carta pública que Fabiola Colmenares le dirigió a Roque Valero. Más que una respuesta a una carta que no fue escrita para mí, pero me ofende; es una manera de responder a esa afición tan escuálida de darnos lecciones desde una pureza moral falaz y manipuladora.

El lamento de esta actriz comienza afirmando: “No voy a cuestionar públicamente tu esnobismo oficialista” y continúa: “Recuerdo haberte dicho con risa que tu nueva postura era como la de alguien que habiendo sido toda la vida aficionado del Real Madrid, de un día para otro se hizo aficionado del Barsa porque Messi falleció. En fin, eso es anécdota.”
No, no es “anécdota” es precisamente lo que dijo de entrada que no iba a hacer: cuestionar públicamente lo que denomina “esnobismo oficialista”. Ofensa evidente que pretende apenas dejar ver, para que no afecte de entrada su falsa castidad política.

Continúa diciendo: “Tu último ataque a tu gran amigo Leonardo Padrón, llamándolo tarifado y todo los demás, me género un estupor insuperable. Tu nueva tendencia te suprimió de golpe y porrazo el valor de la amistad. Y no me salgas con que el otro dice cosas peores que tú, esas carajitadas tan poco varoniles me son carentes de sentido común.”
Es decir, que Leonardo Padrón ofenda sistemáticamente a Roque Valero como lo ha hecho a través de su cuenta Twitter en numerosas ocasiones, es para esta señora una “carajitada”; pero que Roque le responda a Padrón a ella le genera un “estupor insuperable” que la lleva a calificarlo como un innoble desagradecido.

Innoble es, Fabiola, ayudar a un amigo, como dices que lo hiciste con Roque, para luego utilizar ese hecho con el fin de construir tu imagen pública de amiga caritativa y abnegada y tratar de destruir la de él. Cuando uno ayuda a una persona no termina sacándole provecho a ese hecho para manipular, eso Fabiola, no sólo es innoble, es indigno. Pura vanidad estridente. Finalmente esa anécdota no habla mal de Roque sino de ti.

Su ejercicio ensimismado de prepotencia termina diciendo: “No me interesa hablar de política contigo, no quiero siquiera imaginarte esbozar un argumento pendejo que justifique la crueldad de los colectivos a los estudiantes, no quiero oírte decir que el dolor de tu esposa es más fuerte que el de la madre de Génesis o el de la madre de cualquiera de los estudiantes caídos, y muchísimo menos puedo oírte decir que no sabes si hay escasez.”

¿Con quién le interesa hablar de política a Fabiola? ¿Con Capriles porque era fan de “Cosita Rica”? ¿Con María Corina? ¿Con Leopoldo? ¿Sólo con los ungidos por el manto sagrado del antichavismo? ¿Quién establece los estatutos de pureza moral en esa secta que promociona con machaconería a “sus” muertos y no menciona a los nuestros?
Esa carta, barnizada de sentimentalismo plañidero, no es más que la demostración pública de una intolerancia arrogante, porque un “amigo” dejó de pensar como ella y expresó su adhesión política a esa mayoría que tanto la irrita. Porque no hay nada más antichavista que la prepotencia, que esa desmedida afición por asumir que todo el mundo piensa como ellos y que el que no lo hace, tiene que ser linchado en un proceso de “purificación” que no es más que racismo político. Un ejercicio de soberbia que los hace incapaces de escuchar argumentos, porque son intolerantes, porque realmente entienden muy poco de política y porque, finalmente, tienen miedo de que sus argumentos puedan ser rebatidos.

No conozco a Roque y no tengo que conocerlo para sentirme sorprendida por la manera como esta mujer en una carta fanfarrona y llena de falacias argumentativas, se refiere a los chavistas como “hinchas” de Chávez y llega a comparar el momento histórico que vivimos los venezolanos y la realidad que nos enfrenta, con la rivalidad entre el Real Madrid y el Barça o a Hugo Chávez con Messi. Triste que en más de una década no haya sido capaz de al menos advertir la existencia de esos otros que no piensan como ella y reconocerlos como sujetos que tienen valores, que no nos une a esta Revolución una relación clientelar, que nuestra conciencia no se compra con un cheque. Triste que sigan asumiendo que el chavismo no existe y ahora se lamenten como fieras heridas, porque tenían la absoluta certeza de que cuando el Comandante falleciera los chavistas perderíamos la memoria y votaríamos por ellos. Ahora se enfrentan a la realidad de reconocer que no les debemos nada, aunque hayamos sido sus amigos, aunque sean nuestros familiares y aunque hayamos trabajado con ellos o para ellos.

Pese a todo, soy optimista porque creo que el antichavismo mórbido no es incurable y que nadie está condenado a vivir el resto de sus días con ese odio que lo lleva a invisibilizar, negar o menospreciar a la mayoría de los venezolanos.

Chávez no es Messi, ni la Revolución Bolivariana es un mundial de fútbol en el que basta un mes para alcanzar la victoria. Por otra parte, los chavistas no somos fanáticos ni Venezuela es España. Afortunadamente ésta es la tierra de Bolívar, Miranda, Sucre, Rodríguez, Zamora y, por supuesto, de Chávez, un país que comenzó la lucha por su libertad hace más de 200 años y aún la sigue librando.

 

 

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La guarimba mental: fase inicial del Chukylismo

Por: Catherine García

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Como forma de resistencia ante el chantaje necio de la ultraderecha guarimbera, que pretendía que coaccionados por el miedo a sus amenazas  nos quedáramos encerrados durante el Carnaval, decidí irme a La Colonia Tovar con mi familia, llevándonos por delante unas cuantas barricadas.

Desde mi llegada a aquel pueblo de montaña tenía una sensación de des-contexto. En el restaurante del hotel me llegaban señales intermitentes entre palabras y risas, de las conversaciones en las mesas vecinas. Hablaban de la vida, de los hijos, de viajes y comidas, de películas y lugares. Fue una experiencia extraña, ¿por qué nadie hablaba de “lo que estaba pasando”?, me preguntaba yo alienada por el exceso de “realidad” que decidí llevar a cuestas. Entonces me puse a detallarlos y pude darme cuenta de que a diferencia de mí, ninguno de los que estaba en ese lugar revisaba su teléfono, por lo que decidí de inmediato apagar el mío, con una evidente expresión de vergüenza.

Atrás había quedado aquella calle de mi ciudad en la que fui asediada durante días, el frenesí suicida de gente como mis vecinos que en Navidad me daban un abrazo y ahora habían sustituido el “buenos días”  por el grito de guerra “el que quiera ir a trabajar que se joda”. O aquellos que denunciaban por los medios internacionales una extraña “dictadura” en la que, como bien dijo Jorge Rodríguez: “los ricos se quejan y los pobres celebran”. Y También aquellos “estudiantes” que se toman “selfies” con los efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana, haciéndoles muecas de burla para promocionar por Facebook una fingida “valentía”, que no es más que estruendosa vanidad y delirante placer por humillar, y sólo demuestra la paciencia de esos jóvenes guardias que en nada se parecen a los que por los años noventa no dudaban en arremeter brutalmente contra quienes manifestábamos por nuestras reivindicaciones o contra aquel sistema criminal que amenazaba con privatizarnos hasta el aire.   Bg9njXjCQAAwqk1

Pensaba en las razones que habían llevado a la oposición de mi país a ese ejercicio de autoflagelación colectiva que era tan evidentemente estúpido como letal. Esa nueva praxis “ciudadana” de la gente “pensante” e “instruida” denominada por el Presidente “chukylismo”. Qué razón lógica los hacía someterse y someter a sus hijos, a sus mascotas, a sus vecinos, a respirar humo tóxico, a destruir sus calles, tumbar árboles, semáforos y devaluar sus propiedades.

Comprendí entonces que hay una guarimba previa a la histeria manifestada en esos hechos, la “guarimba mental”, que es el autosecuestro de la conciencia. El antichavismo desde hace casi una década decidió delegar a otros la percepción de su propia realidad. Son los titulares de los periódicos, la prensa televisiva y ahora el Twitter quienes les dicen “lo qué está pasando” y no su propia experiencia perceptiva y cotidiana;  por lo que muchos no pueden ni siquiera advertir sus propias reivindicaciones. Vemos abuelas alentando las guarimbas y al día siguiente ir contentas a hacer la cola del cajero para retirar el dinero de su pensión, que antes de la Revolución no era más que una miseria; vemos a algunos vecinos “decentes” exhortar a extraños “tupamaros” sifrinos que usan gorra caprilera, a quemar metrobuses, camiones llenos de alimentos, instituciones públicas, árboles, animales; a poner trampas para cazar humanos y generar asesinatos en serie. ¿Cuándo apagaron su conciencia? ¿Cuándo renunciaron a su condición de humanos?

La guarimba comienza con barricadas simbólicas. Es lo que explica que una persona para saber cómo está en un momento dado, lo primero que haga sea revisar su Twitter, que no es más que una edición del mundo y del acontecer hecho a la medida de sus prejuicios, de sus miedos, de sus expectativas y de su vergüenza (sí, la vergüenza que muchos sienten por ser de este país).

¿Cómo puede percibir su realidad una persona que sigue en Twitter a @AlbertoRavell, @ibepacheco, @NelsonBocaranda y @RobAlonso? Otra vez, una forma de autosabotearse, de confiar a otros su propio criterio y su capacidad de discernir. Muchos sienten que están privados de sus sentidos si no tienen acceso a Internet. Estamos experimentando en gran medida una subutilización de los sentidos y de la razón, donde lo que veo no es lo que veo sino lo que me dicen que veo. Una renuncia al aquí y al ahora, al entorno, que siempre incluye a nuestros seres queridos.

La guarimba es por lo tanto un estado mental en el que muchos han estado sumidos por más de una década. Son barricadas al entendimiento, a  la percepción, a la moral, a la reflexión, a la solidaridad y a la alegría; que terminan corrompiendo a quien lo padece.

Sentada en la pequeña plaza de aquel pueblo seguía reflexionando sobre mis vivencias en aquellos días. Mientras veía a la gente caminar, a mi lado pasó un niño feliz con su traje de Libertador, varios pares de enamorados y mis propios hijos que correteaban entre la gente. De repente sentí la tentación de encender mi teléfono y en seguida recibí una notificación de Twitter anunciado un mensaje proveniente del usuario @lunar2263 que me decía: “otra loca e bola chavista tranquila que vamos por ti también, así tengamos que matarlos a todos.”

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La derecha tiene dos ollitas

fachasAturdida por la decisión de algunos vecinos de cacerolearse a sí mismos, a sus familias, a sus mascotas y amigos, durante casi una hora cada noche, decidí indagar en los orígenes de este hostigamiento sonoro y me encontré con la cara del fascismo. Aunque luego esta forma de protesta, esencialmente femenina, se usara en verdaderos estallidos sociales, como los sucedidos en la Argentina del 96 y de 2001; sus orígenes son fachos.

Los primeros “cacerolazos” que se conocen se registraron entre 1971-73 contra el presidente Salvador Allende, en los sectores de la clase alta y media de Chile, que se oponían a las medidas de carácter social que buscaban frenar los dramáticos efectos del capitalismo. Entre otras cosas, se oponían a la nacionalización de varias empresas, la administración de éstas por gente “poco capacitada” según esa oligarquía, las mejoras salariales para el sector obrero, el apoyo del gobierno a la organización sindical, las restricciones a los empresarios, las expropiaciones y en general, las medidas de inspiración socialista.

Liderizaba esta protesta el movimiento de ultra derecha llamado “Poder femenino”, conformado por mujeres de la clase alta, quienes como en un aquelarre, ejecutaban sus acciones siempre de noche, desde la comodidad de sus balcones o jardines y, curiosamente, tenían la costumbre de acaparar alimentos y cerrar calles. Como respuesta a estas manifestaciones fascistas, originadas en la derecha de rancio abolengo, el grupo Quilapayún hizo muy popular en 1972 la canción “Las ollitas”, que decía:

“La derecha tiene dos ollitas
una chiquita, otra grandecita.
La chiquitita se la acaba de comprar,
esa la usa tan sólo pa’ golpear.

Esa vieja fea
guatona golosa
como la golpea
gorda sediciosa…”

Los cacerolazos en Venezuela fueron utilizados en los años 90 por sectores populares contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez como una forma de simbolizar que las ollas estaban vacías; pero en el siglo XXI son promovidos por los mismos sectores reaccionarios que los inventaron en Chile; y lamentablemente ya no es sólo esa burguesía la que golpea las ollas. A través de la televisión, grupos antichavistas de diversos sectores de la sociedad, guardianes de los intereses de los ricos y en contra de las reivindicaciones de su propio pueblo, son programados para expandir el odio hacia sus familias y vecinos. Todo comienza con una cacerola, pero no se queda ahí. La furia descargada al caerle a palazos a ese noble utensilio, que nos sirve para preparar el alimento de nuestras familias, es la más pura expresión de una violencia en desarrollo. Una especie de entrenamiento psicológico que los va poniendo “a tono de horda” dispuesta a linchar al primer chavista que se les atraviese.

Si el fascismo toca tu puerta…

Si el fascismo toca tu puerta
ten cuidado
seguramente viene disfrazado
tal vez tenga la cara de tu vecino
de muchacha bonita
de la viejita del 3er. piso
de gente decente
de gente pensante

Si el fascismo toca tu puerta
trata de desactivarlo
recuerda que no es el cuerpo que ves
sino el odio que lo habita
Mejor si no le abres
si lo esquivas
si lo evitas
si haces como si no fuera contigo

Si el fascismo toca tu puerta
no intentes disuadirlo
no le ofrezcas razones
argumentos
explicaciones
no esperes que te escuche
que comprenda
(el fascismo no piensa)

Si el fascismo toca tu puerta
procura que no te toque
no dejes que te contagie
que te vampirice
que te seduzca
que te posea
Ármate de amor
(que siempre es más fuerte)

Si el fascismo toca tu puerta
y pese a todo
no logras ignorarlo
evitarlo
neutralizarlo
disuadirlo
Entonces levanta la voz y dile:
¡NO PASARÁS!

Mathías Ruph

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La multisápida lengua: un recorrido por los dialectos urbanos

Por: Catherine García

A Felipe le están soplando el bistec, murmura un joven en los pasillos de su universidad, al mismo tiempo que dos de sus profesores se alejan espantados con una expresión de extrañeza sentenciando:

¡Perro, estos chamos van a ser unos piratas si no aprenden a hablar!

Sí  vale, lo que estos carajos hacen con la lengua es criminal

Tarea difícil, es cierto, ser capaces de ver en nosotros mismos la enorme cantidad de marcas dialectales que hemos incorporado a lo largo de nuestra vida a nuestra forma particular de hablar, esas que nos definen o nos “delatan” –a todos sin excepción– como individuos con una experiencia de vida propia, pertenecientes a un espacio físico, a una comunidad o a una generación.

En la época de nuestros abuelos los muchachos de pantalones cortos hacían mandados en la pulpería; los patiquines disfrutaban de un sarao y siempre preferían lo que estaba cátedra;se vestían de traje sport o de flux. Nuestros padres gastaban marrones que les pedían a sus pures; salían a echar un pie con sus llaves; echaban un camaroncito de vez en cuando y adoraban las cosas que estaban gruvi potente. Nosotros íbamos a fiestas de arroceros a tripear con los panas; tomábamos birras; no nos gustaba la gente caleta; a veces echábamos el carro y teníamos amigos burda de sapos.

El español, como todas las lenguas del mundo, está conformado por una enorme cantidad de variantes dialectales que  están en un proceso constante de renovación. La lengua es dinámica y al igual que el mundo, al cual refleja e interpreta, no deja de cambiar. El acontecer, el espacio y el tiempo, son elementos que inciden de manera directa en la forma de hablar de las personas.

Quizá ningún período de nuestra historia reciente haya tenido tanto impacto en la forma de hablar de los venezolanos como el que estamos viviendo. Además del vertiginoso acontecer de la política y la sociedad venezolana, el presidente Hugo Chávez, protagonista –quiérase o no– de este momento histórico, ha incorporado a la forma de hablar de los venezolanos una considerable cantidad de neologismos que han sido adoptados tanto por sus seguidores cuanto por sus más furibundos adversarios. Si viajáramos en el tiempo, sólo quince años atrás, y le dijéramos a cualquier venezolano: El escuálido de mi vecino estaba metido en la guarimba, no entendería lo que queremos decirle, sin embargo hoy en día ningún venezolano tendría problemas para entender estas expresiones.

Como vemos, el tiempo es uno de los factores externos a la lengua que más incide en las variaciones que en ésta se dan. Hay otros, como el espacio geográfico, el grupo socioeconómico, el sexo, el grupo étnico, el grado de instrucción, etc., que también ejercen su influencia en nuestra forma de hablar.

Las ciudades, por ejemplo, son construcciones idealizadas que combinan diferentes elementos que caracterizan la forma de hablar de quienes las habitan. Siguiendo a M. A. K. Halliday (1978), las ciudades son lugares de conversación que se conservan unidas por un lenguaje y éste a su vez reafirma la sociedad urbana.

Todos, aunque sea por televisión o radio, hemos escuchado andinos, zulianos,  orientales, valeranos, argentinos, peruanos, dominicanos, cubanos, chilenos; pero también a políticos, activistas, progresistas, académicos, ambientalistas, malandros, campesinos, poetas, jugadores de caballos, borrachos, artesanos, feministas  y paremos de contar. Existen, por lo tanto, dialectos geográficos, sociales, generacionales, etc. Son todas éstas, formas diferentes de hablar una misma lengua.

Pero esas formas dialectales no están detenidas en el tiempo,  por el contrario éste siempre las determina. Recordemos, por sólo poner un ejemplo, a los “sifrinos” de los años ochenta en Venezuela y sus expresiones que tanto se popularizaron, pero que los sifrinos de hoy en día han reemplazado por construcciones distintas. Los “malandros”, los “yupies”, los “bohemios”, los “woperós”, los “rasta”; han creado una jerga propia, que los caracteriza, pues en un proceso de selección, han incorporado a su forma de hablar palabras, frases, entonaciones o formas diferentes de construir las oraciones; es decir, elementos de cohesión que dan cuenta de sus gustos y de sus formas de vida. Estas comunidades lingüísticas surgen por la necesidad de identificación con un grupo; pero también para diferenciarse del resto.

No es extraño que algunas personas quieran ser identificadas como pertenecientes a algún grupo y adopten los rasgos de éste, porque los consideran “de prestigio”, a la vez que tratarán de alejarse de los rasgos que definen a otros grupos con los cuales no quieren ser identificados.

Es importante destacar que la variación no sólo se da de una comunidad lingüística a otra sino también en un mismo individuo, ya que la lengua es intrínsecamente variable, y esta variabilidad depende de los espacios o roles que cada individuo ocupe en determinada situación. Aunque la mayoría de las personas maneja un dialecto social de uso más frecuente, el cual utiliza en la mayoría de las situaciones de habla –quizás en las más espontáneas–, cada individuo maneja además otras variables y las alterna según sus necesidades comunicativas.

La lengua tiene una estructura jerárquica dentro de la cultura, es expresión simbólica de la estructura social y la valoración que se hace de cada variable tiene que ver con los prejuicios propios de cada clase; por esto los lingüistas insistimos en que ninguna forma particular de habla es más digna de respeto que otra. Las diferencias entre los dialectos no tienen que ver entonces con la lengua como sistema, sino con la lengua como institución, como un símbolo de la estructura social. La aprehensión que muchas personas sienten hacia algunos dialectos no viene dada solamente por la falta de comprensión que en muchos casos se manifiesta entre unas variantes y otras, sino más bien porque no se ajustan a lo que cada quien cree que “debe ser”, es decir, a la “norma” que nosotros mismos establecemos. Rechazamos a quienes no se nos parecen, porque se alejan de nuestra identidad cultural, es decir, de la manera en que hemos construido nuestra realidad social. De modo que esas apreciaciones están estrechamente vinculadas a nuestros prejuicios sociales, tanto como la manera de vestir o las demás pautas de comportamiento.

Cargamos a cuestas nuestra historia y ella se manifiesta en nuestro discurso, él dice quiénes somos, de dónde venimos y a qué generación pertenecemos. Tenemos pues, una identidad lingüística propia y única.

En toda sociedad, individuos que manejan distintas variantes dialectales intercambian significados a diario, nadie se comunica solamente con quienes integran su misma comunidad lingüística, por esta razón surgen conflictos de tipo simbólico que no son tan distintos a los que surgen por razones económicas o políticas.

El uso de variantes dialectales no puede verse entonces como una anomalía y, al contrario de lo que muchos piensan, las deficiencias en el plano educativo no son un problema de dialectos urbanos diferentes, sino más bien de la falta de herramientas que proporcionen a los estudiantes una utilización del lenguaje más eficiente, que permita un efectivo acceso al saber y la interacción con multiplicidad de textos. El reto es salvar del confinamiento en que se encuentran muchos jóvenes a la  mera utilización de una variante dialectal que sólo les permite interactuar con su entorno inmediato, pero que los mantiene incomunicados con el resto del mundo.

 

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Todas las Caracas que somos

Por Catherine García Bazó

 

Mi ciudad es de esas pocas capitales que en estos lados del mundo no exhibe el nombre de un conquistador o de alguna otra urbe europea. A pesar de haber sido bautizada también con el nombre del santo patrón de España (Santiago de  León),  Caracas, como siempre se le ha llamado, es el nombre indígena de una planta, también llamada “pira”,  que aún crece a lo largo de este valle.

Era por entonces tierra de agricultores y artesanos, espacio de diversas manifestaciones culturales con formas de vida organizada. Siete años de lucha duró la resistencia indígena en el Valle de Caracas luego de la llegada de los españoles. Finalmente, el 25 de julio de 1567, la denominada batalla de Maracapana “sitio de las maracas” (hoy alrededores de Plaza Sucre) selló el fin de esta lucha. Comandó la batalla el cacique Tiuna, debido a la ausencia de Guaicaipuro, quien era el jefe principal de la coalición de tribus, pero no pudo llegar al lugar debido al mal tiempo.

Ya fundada la ciudad como Santiago de León de Caracas, se convierte en capital de la provincia de Venezuela en 1576, cuando el gobernador designado por la Corona, Juan de Pimentel decide escogerla como residencia oficial.

Su rostro actual es el resultado del devenir de muchos hechos históricos. Caracas tiene en sí las huellas del transitar del tiempo y de su gente; pero sobre todo del pensamiento imperante que en gran medida dejó en ella grandes cicatrices. Así tenemos la afrancesada Caracas guzmancista, que como señora coqueta deja ver sus “picones”; la perezjimenista monumental y robusta, despojada de todo ornamento y hecha para el futuro, una ciudad imperecedera, que se evidencia en cada calle. Y ahí ante nuestros ojos también se extiende el “aporte” de las décadas adeco-copeyanas, esa Caracas materializada en los cerros, abandonada por décadas, útil argumento falaz de demagogos en campaña.

La imagen que tenemos hoy es la materialización de enormes desigualdades que se originaron desde la llegada de los primeros españoles y que con el tiempo produjeron una saturación del espacio urbano que incidió directamente en la conformación de la ciudad y en las formas de convivencia de sus habitantes.

La heterogeneidad es característica fundamental de nuestra identidad, una identidad diversa y en cierto modo enfrentada por las grandes diferencias socioeconómicas, culturales, generacionales e ideológicas, que de antemano a veces se asumen como irreconciliables.

Los caraqueños hasta hace muy poco estuvimos confinados a nuestras casas, escapando de una ciudad que se nos hacía hostil e insegura. Se propició durante décadas el crecimiento de lo que Néstor García Canclini llama una “cultura a domicilio”, que nos incita a recluirnos a “consumir” programas de tv, Internet, video juegos e interactuar a través de las redes sociales.

El caraqueño de hoy en día no está condenado a renunciar a la participación en la vida pública o a ser un consumidor cautivo de medios electrónicos que se encierra en su casa porque vive en una ciudad a la que teme. No podemos renunciar a percibir el mundo para que el medio sustituya esa experiencia, quienes leen titulares para saber cómo es su ciudad o su país nada de éste conocen. Es cierto que Caracas no es ya aquella comarca de techos rojos de nuestros nostálgicos cronistas o la idealizada en el romántico pincel de viajeros naturalistas; pero tampoco es esa ciudad perversa y oscura que afanosamente construye gran parte de la filmografía venezolana, llena de tipos pendencieros y espacios hostiles, habitados por gente resentida pero “pintoresca”.

Caracas no es sólo un espacio físico, sino también la mezcla de sentidos, costumbres y tradiciones que vinieron a juntarse en él en distintos tiempos, provenientes de diversos orígenes. Ha sido malquerida y maltratada por generaciones; sin embargo hoy en día más de un millón de metros cuadrados de sus espacios públicos han sido recuperados para nuestro disfrute. Plazas, parques, cafés, restaurantes y museos forman parte de lo que sus habitantes recibimos como regalo para el ejercicio de nuestra vida ciudadana. Muchos caraqueños por fin salimos de los centros comerciales y nos adueñamos, como nunca lo hicieron generaciones anteriores, de nuestra ciudad.

Podemos seguir escogiendo entre ver los noticieros y encerrarnos aterrados, desconfiando hasta de nuestros vecinos, o convertirnos por fin en ciudadanos  que interactúan y se acompañan en una más amable cotidianidad compartida.

 

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La triste historia de un país sin nombre

Por: Catherine García Bazó

Todo comenzó con la pregunta de mi hijo Sebastián aquella mañana de sus cinco años, cuando jugaba con su globo terráqueo: “mamá, ¿por qué Estados Unidos no tiene nombre?”.

La ausencia de un nombre para los Estados Unidos demuestra que desde el surgimiento de esa nación,  América Latina ha sido objeto de su obsesión expansionista. La denominación “Estados Unidos”, por lo tanto, no es un nombre en sí sino una condición que refleja la existencia de un Estado Federal. De este modo han existido a lo largo de la historia “Estados Unidos de Venezuela”, “Estados Unidos de Colombia” o “Estados Unidos Mexicanos”. Pero nuestros megalómanos vecinos del Norte decidieron llamarse nada menos que “Estados Unidos de América”, adjudicándose el nombre de todo el continente. De allí que el gentilicio “estadounidense” no exista en inglés y que se llamen a sí mismos “americans”. Para cualquier estadounidense “América” es solamente el país que habita. Otra expresión de esa invisibilización y desprecio al que han sometido a los habitantes del resto del continente es la denominación “latinos”, que mutila la americanidad compartida.

Ya desde el siglo XVII, cuando los primeros colonos comenzaban a poblar esa parte del continente, justificaron bajo preceptos religiosos el aniquilamiento de la población aborigen y la apropiación de aquellos territorios. Era el germen del llamado “Destino Manifiesto”, mito ancestral que le otorga un carácter divino a la desenfrenada codicia expansionista que, desde el siglo XIX a nuestros días, orienta su política exterior y sus valores diplomáticos.

Para 1823, las pretensiones de Rusia en la costa Noroeste del continente y las intenciones europeas de intervenir en América para recuperar sus antiguas colonias; dieron lugar a lo que conocemos como Doctrina Monroe. Declaración presentada ante el congreso por el presidente James Monroe, la cual sostenía que los Estados Unidos no consentirían ninguna intervención europea en el Sur de América, a la vez que se reservaban su posibilidad de injerencia.

Esta proclama, resumida en la frase “América para los americanos”, fue interpretada por muchos Suramericanos como una defensa de nuestras independencias y por ende fue recibida con beneplácito. Recordemos que por entonces Estados Unidos era un modelo de República que inspiraba el pensamiento de soñadores y luchadores en el mundo entero. Apenas unos años antes, en 1806, el mismo Francisco de Miranda, quien había luchado en la Independencia de aquella nación, solicitó apoyo a Thomas Jefferson para su Expedición Libertadora de los territorios de América del Sur. Intento infructuoso, no porque Estados Unidos fuese indiferente a la independencia de las provincias suramericanas, sino porque no le convenía apoyar un proyecto que no se limitaba a la independencia de estas provincias, sino que implicaba la creación de una gran nación suramericana que pudiera llegar a competir con ellos en poderío.

Sólo un hombre con la visión de Simón Bolívar podía advertir el engaño de aquel pensamiento velado con la falacia de la libertad. Inquietud expresada en su carta a Patricio Campbell en agosto de 1829, apenas 6 años después de la declaración de Monroe, de cuyo contenido resalta a modo de profecía su sentencia: “los Estados Unidos parecen destinados por la Providenciapara plagar la América de miseria a nombre de la libertad”. El siglo XX demostraría que el Libertador tenía tanta razón que incluso se quedó corto. Y en lo que va de siglo XXI podríamos ampliar el alcance de su sentencia fatal a “plagar el mundo de miseria a nombre de la libertad.

Para mediados del siglo XIX el periodista John O’ Sullivan reforzaba aquel “dogma imperialista” con estas palabras: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado porla Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno. Es un derecho como el que tiene un árbol de obtener el aire y la tierra necesarios para el desarrollo pleno de sus capacidades y el crecimiento que tiene como destino”

Para 1904 Theodore Roosevelt introduce una enmienda a la ya vieja Doctrina Monroe (conocida como el “Corolario Roosevelt”) en la que establecía que si un país latinoamericano o caribeño ponía en peligro las propiedades o empresas estadounidenses, el gobierno de los Estados Unidos estaba en la obligación de  intervenir en la política interna de dicho país con el fin de restablecer el patrimonio y los derechos de sus empresas.

Más de un siglo de subordinación y dependencia de nuestros pueblos ha sido el resultado de aquel “Destino Manifiesto”. Un mito que desde hace casi dos siglos intenta “naturalizar” la expansión estadounidense hacia Nuestra América. Por esta razón, desde el saboteo al Congreso de Panamá en 1826, esa nación ha sido la peor enemiga de la unidad latinoamericana, concebida por Miranda e impulsada por Bolívar. Y es que el llamado Bolivarianismo es, a su vez, el enemigo histórico de la voracidad manifiesta del imperialismo estadounidense.

Hoy seguimos viviendo el devenir de una pugna que pasa de cien años, entre el mesianismo terrorista estadounidense y el Bolivarianismo que enarbolamos con orgullo. Mi hijo ya tiene 7 años y entiende que existe un país al que no le gusta respetar a otros y trata de robarse el nombre que es de todos. También sabe algo más importante que nunca tuve necesidad de explicárselo: que en este presente histórico el bolivarianismo también se llama chavismo.

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